
El viejo se marea en las mismas plazas que ya no gritan, que ya no juegan, ni bailan y apenas lloran. Sentado sobre la falda de un árbol, suplica a las palomas que le enseñen a volar... Y de vez en cuando silba, y de vez en cuando vuelve a llorar.
Se amaban. Tomados de la mano persiguieron a la juventud por las calles de aquellos barrios. En las plazas, compraron con besos, atardeceres románticos que escondían bajo las sombras de algunos árboles.
El viejo le regaló noches enteras para que colgara estrellas; y prendía la luna mientras silbaba la melodía que a ella tanto le gustaba.
La vida crecida los llenó de arrugas y pisadas temblorosas, pero sus manos, presas y víctimas del amor, no dejaban de sujetarse.
El último día que compartieron, lo besó en la mejilla y se fue volando junto a un pajarito...
Texto publicado en el libro "Sin equipaje" (Editorial Dunken).
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2 comentarios:
hoy lo confirmo, las mejores cosas, aún no fueron descubiertas por todos
eso es la explicación por la cual, estas palabras tan hermosas, no han sido leidas
entre la música, lo que leo, y mis tristezas, quizá nazcan más lágrimas que estrellas
un beso
claudia
Gracias Clau..., Aquí estaré cuando gustes.
Abrazo.
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