Éste viejo relato, dormía en un cajón.
La vida te propone bailes pero nunca te anticipa la música con la cual danzarás.
Quizá te atrape con una salsa, o tal vez te toque dar vueltas con un tango melancólico.
Éste fue un momento de mi vida que me encontraba ahogado en un vaso de lamentos. Luego el tiempo, me dio burbujas de familia, de amores, de amistades y de palabras que me sacaron a flote.
Es posible que muchos de los pasajes de éste relato no se comprendan en su totalidad. No obstante, comparto.
¿Cómo olvidarlo? Fue aquel cinco de septiembre de “1978”, cuando unas inquietas cigüeñas vinieron en mi búsqueda, burlando interminables nubes de algodón, luchando contra gigantes de cuentos, y desplumándose de torpeza para acercarte a ésta fría realidad.
Desconocidos fueron los brazos que te dieron la bienvenida, y sentiste por primera vez el olor en la cual se perfuma la vida.
Tenias miedo, mucho miedo y te protegiste sobre el latido de tus inventores, quienes orgullosos, acordaron llamarte “Leandro” como primer nombre. El segundo más tímido fue “Lucas”, y porque tu padre se hizo cargo de la situación, no dio lugar a la poesía: “Manoni” fue tu apellido.
El reloj ganó muchísimas batallas pero nunca pudo derrotar al tiempo y llegó el momento de mojar tu frente. Ellos mismos lo decidieron sin cuestionar a tu razón que aún dormía; pero lo aceptaste (al menos, eso murmuraron tus carcajadas).
Gastando rodillas, conociste el cansancio y buscaste brazos en forma de cuna para regalarle el ansiado ensueño. En él, la suela de tus zapatitos comenzaban a ensuciarse y el dilema de los primeros pasos estaba resuelto.
Llegó la hora de correr; te acercaste a Tom y propusiste perseguir a Jerry; y entre golpes, travesuras y andanzas, no tardaron en atraparlo.
En historias de libros mudos y sábanas celestes, crecías y percibías que las ilusiones escapan. Vistiendo un traje de Superman partiste en su búsqueda, volando con tu diminuta bicicleta propulsada por un motor anciano y quejoso de dolores: tu padre segundo: “Don Julito”, como lo bautizaron los transeúntes de barrio, o mejor dicho: tu abuelo (según la sociedad).
Aterrizaste abatido por el cansancio y sentaste sobre el cordón de la vereda, porque las banquetas aún continuaban crecidas. Armaste el velero de “la esperanza” sintetizado en un barco de papel, y en él, depositaste tu corazón aventurero sobre el río de tu acera, partiendo en el naufragio con el equipaje de lo único que poseías: “tu nombre”. Navegando por calles desordenadas hallaste la esquina, y en ella, emergió el payaso de tu infancia.
Entre almas cómplices, caricias de globos, espadas y sabotajes, te obsequió su mejor arma: “la risa”, y con su encanto, te enfrentaste a las barbaries del presente y comprendiste los gustos remplazando aquel olvidado retrato, por un póster de Chaplin… ¡y nació tu ilusión! Crecías…, te deslumbrabas…, y corrías a darle la mayor desilusión a tu ingenuidad, comentándole que los pechos femeninos, no solo se interesan en amamantar criaturas... ¡Y te burlaste de ello!
Luego, te largaste a las calles. Caminando primaveras, hallaste al mismo payaso de tu infancia revolcado entre frágiles botellas. Alzándolo en brazos, sus lágrimas susurraron que siempre rió por profesión, y a la vuelta de la esquina te topabas con la decepción.
Pediste prestado sus lápices y pintaste tu cara de angustia.
La vida respondió llevándose personas jóvenes que nunca debieron abandonarte.
Quisiste llorar, pero la puta sociedad te enseño que los hombres no lo hacen, y en secretos, ejerciste tu gran virtud: “enojarte con seres equivocados”.
Entre sábanas indiferentes, pediste consejos a tu almohada, quién nunca se animó a responder, y en la pesadilla..., en el sueño de tu furia, dormiste prometiendo olvidar la señal de la cruz.
En aquel pequeño cuarto, de paredes hermanadas, de veranos sofocantes e inviernos crueles, las noches te contemplaban entre botellas, recuerdos absurdos y miedos intolerantes, creyendo que ahogarías pensamientos... ¡Y no tardaste en darte cuenta, que en la melancolía, los mismos se tornan SOBERBIOS!
Siguieron noches de rocío y estrellas escasas.
En cielos cristalinos descubriste la mentira del amor en los brazos de la musa equivocada. Revelaste que las noches son más breves durmiendo en camas ajenas, y esta vez fuiste tú quien despertó al universo contemplando el amanecer; y lo elegiste como el mejor momento del día.
En tu rostro asomaba la sombra de una barba prematura; y recordaste tu reciente profesión, entre máscaras opuestas y cámaras de cine; escribiendo el guión más bello de tu vida, aquel 25 de agosto del 2002. Tus letras contaban una tímida historia entre sexos inversos, pactada en el lugar menos indicado y en el momento menos apropiado, y por esas simples características, advertiste que eran los verdaderos síntomas del amor; su nombre: “Marcela”.
Tomados de la mano transitaron sendas desconocidas, acariciando el milagro esa noche que exclamaste por primera vez “te amo”.
Alzando la copa y brindando a las estrellas, camuflaron unos pastizales de colchón durante noches reiteradas, porque los egoístas que hacen al mundo te demostraron que sin dinero, los recursos son escasos, y las posibilidades, mínimas.
No te importó y reíste tanto, tanto, que en tus desidias, observaste a tus ilusiones velando a tus proyectos mientras preparabas las maletas hacia un paraíso incierto (Bariloche).
Allí…, donde el tiempo vuela en páginas de cuento y los árboles funden con cielos majestuosos, te paraste a un paso del sueño eterno y te arrojaste creyendo que saldrían alas en tu espalda. (¡La ingenuidad se tomó revancha!). Seres queridos inventaron el colchón que abrazaría tu caída. Envuelto en plumas, ésa misma noche, conversaste a un cielo oscuro, porque la distancia nunca entendió que cinco minutos de teléfono, no alcanzan para mantener vivos los recuerdos y el amor en la máxima plenitud; y en tu nuevo hogar, dormiste bajo la protección de un hermano suplente (tu fiel amigo Diego).
Regresaste a tus orígenes (Buenos Aires). En junglas de cemento, entre farolas repetidas y casas apiladas, hallaste los mismos bares que nunca levantaron sus pies.
Marcela volvió a tomar tus manos y enseñó que la vida es un largo camino dibujado en un papel transparente. “En la propia voluntad, están los colores que elegís para tu existencia” – me dijo...
Prometiendo cambiar los tonos grises de la vida, por colores vivos..., tomaste la brocha y alegraste una plaza. Pintaste niños jugando, personas desencontradas, calesitas mareadas, cantos de pájaros, fuentes redondas que daban su espalda, y te topaste a las 19: 06 pm. de un día 2 de octubre del 2003 con sus cálidos labios, diciéndote “adiós” en forma definitiva.
Ésa noche, soportando el eco de un corazón vacío, teñiste la bandera de la vida en blanco y la arriaste hasta lo más alto del mástil, llorando junto a un Dios, que comprendió, una vez en la vida, que tus lágrimas valían la pena. Los lamentos del cielo contagiaron tú presente, y unos brazos de madre te prestaron la misma cuna de tu infancia para regalarle el mismo ansiado ensueño…
Te quiere...
Tu Alma.


5 comentarios:
Preciosas imágenes para acompañar un Leandro que fue y uno que se expone.
Gracias por compartir este pedacito màs de vos, estas vivencias que has plasmado en un relato me hacen viajar un poco por momentos de mi propia vida, con una mirada poética y húmeda.
Te acompaño en "La Esperanza".
No olvides que todavía tenemos mucho por recorrer...
Te quiere...
Piskindí
Leandro, como asiduo lector de estas lineas, que para mi son un precioso regalo, quiero agradecer a las imagenes que evocaste ya que me senti un poco parte de aquellos dias, de aquellas noches, dueñas de interminables conversaciones a la orilla de ese paraiso.
Eternamente gracias ppor haberme regalado en pedazo de tu vida que coincidentemente fue uno de los mas felices de la mia.
Te quiero
El Pichi, o el pichon de picuru
Pichón de picurú..., las combinación de letras del abecedario no alcanzan para agradecer tus palabras y tu pasada y presente compañía...
En amistades, los silencios hablan más que las palabras. Por eso no tengo mucho que agregar...
Fuerte abrazo desde el ojete del mundo.
Que hermoso recobrar la esperanza, o que ella le alcance a uno... que hermoso ver que, a veces, a algunos, la vida nos estaba esperando a la vuelta de la esquina, quietecita, paciente, como diciendo "¿ya te cansaste de escribir tangos? ¡pues ahora, vamos a bailar salsa!"
Un placer haberte encontrado. Te sigo... de lejos :D
Mayte:
El placer es compartido!
Siga la sombra, que allí estaré.
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