En los suburbios, se pierde el linyera.
En la niñez, trota el caballo de madera.
Y por el viento, viaja la semilla:
de soplo en soplo,
de nube en nube,
de sol en luna,
y de cielo a tierra.
el hambre, del linyera,
del hombre, el hogar,
y del niño, la inocencia.
¿Qué hacer con mi fruto?
¿Para quién mi flor?
¿Para quién mi rama?
¿Y para qué mi sombra?
Y a la eternidad ya le había crecido el hombre.
Y al hombre su mansión a orillas de un lago; y decidió que el viejo naranjo entorpecía su visión…
Debajo de la última sombra que queda en el mundo, el niño pregunta:
¿Por qué muere de hambre el caminante?
¿Dónde están las flores que regala el amante?
¿Ya no hay ramas donde cante un pichón?
4 comentarios:
Leandro, que lindo que escribís!
me gusta, gracias por pasar por mi blog y hacerte conocer...
Un abrazo
Lean:
Esto crece y crece, y a la par, mi alegría de que así sea.
Abriste la puerta y las palabras estaban ahí, ¿y ahora quién las para?
te quiero mucho.
Gabriel.
"Y a la eternidad ya le había crecido el hombre"
me encantó esta imagen, Lean.
bella, bella!
Las flores que regala el amante se llevan en el corazón.
Preciosas tus letras. Gracias por tu visita a mi blog.
Saludos desde Venezuela
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