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Afuera las bombas negaban cielo a las aves,
pero en la trinchera el silencio era absoluto.
El L-1A1 de Jonathan señalaba la cabeza de Marcelo.
El FAL de Marcelo no perdonaría un suspiro de Jonathan.
Así se asecharon los enemigos,
amenazándose con miradas y apostando vida durante horas.
Las sombras masticaron el día.
Los copos de nieve cubrieron la aspereza de las formas.
Marcelo no resistió, y se echó a llorar.
La tristeza aflojó su brazo y desplomó su arma.
Jonathan podía gatillar, pero no tuvo valor.
Ambos fusiles ya no eran amenazas.
Se preguntaron nombres.
Y tuvieron que descifrar señas para comprenderse.
El frío avanzó.
Con un puñado de leña, hicieron fuego.
Rieron proyectando sombras en la pared
hasta que el helada se volvió insoportable.
Hubo un prolongado silencio.
Los cuerpos no dejaban de temblar.
Las manos no respondían.
Y los pálidos labios
ya no intentaron palabras.
A veintiséis años de aquella matanza ,
un contingente turístico visitó las Malvinas,
y sus pasos toparon con la trinchera.
Dentro, una pequeña llama y el frío
habían conseguido lo que la historia nunca pudo:
Los cuerpos de Marcelo y Jonathan, yacían abrazados.
15 de octubre de 2008
Prohibida hermandad.
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3 comentarios:
Un relato conmovedor. Esa guerra, como todas las que conoce la humanidad, no tendrían que haber sucedido.
Saludos
Esta pena no terminará nunca para nosotros...soy de la generación que tuvo que ir a morir...jamás lo pude entender...todavía tengo grabado en mi mente esos primeros días de terror, cuando empezaban a llamar para que se presenten...
Un abrazo
Conmovedor y sensitivo. Me ha gustado. un saludo
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