Me desperté.
Fui a la cocina.
Y prendí el pucho de todas las madrugadas.
En un rincón de la casa
apareció mi pelota.
Me miró con la misma cara de hace tantos años,
y rodando despacito hacia mis pies,
me dijo en voz baja
(mientras se desprendía uno de sus últimos gajos):
"Hoy,
me siento un poco desinflada".
Fui a la cocina.
Y prendí el pucho de todas las madrugadas.
En un rincón de la casa
apareció mi pelota.
Me miró con la misma cara de hace tantos años,
y rodando despacito hacia mis pies,
me dijo en voz baja
(mientras se desprendía uno de sus últimos gajos):
"Hoy,
me siento un poco desinflada".
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